La lectura en la escuela

La lectura en la escuela

Por  Juan Domingo Argüelles*

(Fragmento)

El tema de la lectura cobra dimensiones  de farsa o bien de tragedia. 

Los profesores no pueden desentenderse de los libros y de la lectura. El sentido de su profesión está, en gran medida o fundamentalmente, vinculado a los libros. Un profesor que no lee ni tiene interés por los libros ha equivocado la profesión.

En su defensa del derecho y la necesidad de la lectura, Michèle Petit ha escrito lo siguiente en su libro El arte de la lectura en tiempos de crisis:

“Nadie debería estar obligado a ‘que le guste leer’…No obstante, cada persona debería poder experimentar la apropiación de la cultura escrita como algo deseable y posible”.

 En la Antigüedad, en el ágora, los maestros compartían su pensamiento; es decir, lo compartían entre los discípulos y los asistentes, y, al mismo tiempo, hacían participar a estos en el ejercicio del diálogo: la pregunta, el comentario, la duda, incluso el desacuerdo o el escepticismo que abren caminos para comprender mejor.

Compartir un libro es leerlo junto con otros y comentarlo. No se fomenta la lectura  aplicando cuestionarios desde una voz  autoritaria.

Si conseguimos que los alumnos  se atrevan a hablar de lo que leyeron, de lo que entendieron y no entendieron, de lo que les gustó y no les gustó en un libro, habremos dado un paso muy importante para que ellos encuentren en la lectura algo más que una coerción para entregar tareas.

En una de las preparatorias de la UNAM, adonde me invitaron a darles una conferencia, ante profesores de español, afirmé que la forma tradicional en la que se ha venido enseñando  deja mucho que desear y que es, en gran medida, responsable de la falta de interés de los jóvenes por la lectura. Al decir esto, reaccionaron ofendidísimos.

“Es que esto siempre se ha hecho así ”, suelen decir algunos maestros. Lo que no pasa por sus cabezas es que, más allá de los hábitos establecidos, ese sistema rígido no ha funcionado nunca.

La verdad es que si uno quiere saber de qué tratan la Ilíada y la Odisea, de Homero, y quiénes son sus personajes principales y secundarios y en qué época ocurre el relato, no hace falta leer esos libros. Toda esa información está en las enciclopedias, en los manuales de literatura y, por supuesto, en internet. Lo importante de las obras de Homero no está en esa información, para aprobar exámenes, sino en las obras mismas, es decir en  esos libros que pueden cambiarnos el modo de ver la vida.

Tenemos que entender que lo importante de los libros está en los libros mismos y no en sus explicaciones, y ni siquiera en sus interpretaciones eruditas o caprichosas, sino en lo que cada quien se pregunta (es decir, se interroga) al leer un libro o un pasaje o una frase que lo ha inquietado.

Muchos críticos nos han querido vender la idea, todo el tiempo, de que son más importantes sus interpretaciones que las obras mismas que interpretan. Puro bluff.

Tenemos que entender que enseñar a leer o enseñar a comprender lo que se lee no tiene nada que ver con preguntas de cajón y con esquemas que han demostrado que solo sirven para pasar exámenes.

Saben, más o menos, que el Quijote trata de un viejito loco que andaba por la región de La Mancha, en Castilla, creyendo verdad las fantasías que había leído en sus libros de caballerías. Saben, más o menos, que Pedro Páramo es un cacique que controla todo un pueblo y toda una región, y que al final todos en esa novela están muertos.

 Pero eso que saben no sirve sino para aparentar que se “sabe” o que se tiene cultura. Y, además, eso que saben, está en cualquier manual de literatura y, por supuesto, en internet. Lo que no está ahí (y que no es información) es la experiencia de leer esos libros y encontrar por uno mismo cosas que, a lo mejor, nada tienen que ver con los datos que registran los manuales.

Compartir la lectura en la escuela tendría que ser un ejercicio vivo y dialógico; impetuosamente cercano a la conversación cotidiana, donde los libros cobren sentido como si los estuviéramos viviendo.

De otro modo, los libros seguirán siendo tarea. Solo tarea. Únicamente tarea. Tarea que nos lleva a más tarea. Y tarea que nos aparta del placer de aprender y aun del gusto de enseñar, porque para los alumnos todo se vuelve tarea y para los profesores todo es calificar tareas.

¿A qué horas leo, sino es para la tarea?, dirá el alumno.

¿A qué horas leo si me la paso calificando tareas?, argumenta el profesor.

Este es el drama de una escuela que dice querer incentivar la lectura pero que no cambia  sus métodos, sus esquemas, sus reglas inflexibles, su ambiente.

Pura simulación. Necesidad de hacer  necesaria la lectura, cosa que no vamos a conseguir —porque no lo hemos conseguido en décadas— con los mismos métodos tradicionales de la escuela.

Hay que pensar en una escuela donde se comparta la lectura, en donde se lean realmente los libros y en donde la tarea pase a segundo término. Lo que hay que buscar es que los alumnos se interesen en los libros, no que los sufran. Conseguir que se aficionen a leer como se aficionan a otras cosas. Y tener muy claro que lo importante de los libros está en los libros mismos y en lo que suscitan en nosotros al leerlos, y no tanto en la información que podemos reflejar en un examen.

Las interpretaciones ajenas sobre los libros sirven para aprobar exámenes; las interpretaciones personales de los libros tal vez no sirvan para eso, pero sin duda sí sirven para que tengamos un mejor conocimiento de nosotros mismos y de los demás.

* http://estepais.com/site/?p=37931

Acerca de humbertocueva

Humberto Cueva García se tituló en la Escuela Normal “Miguel F. Martínez” de Monterrey, NL. Profesor de escuelas primarias y secundarias, tiene grado de maestría en Español por la Escuela de Graduados de la Normal Superior , en la cual ha impartido cursos de didáctica y literatura contemporánea. Asesor técnico-pedagógico de la aplicación y seguimiento del Programa de Español en escuelas secundarias de Nuevo León . Desde 1992 es autor de libros de texto de Español para primaria y secundaria editados por la Editorial Trillas. Conductor de talleres de actualización docente a nivel nacional y regional invitado por la SEP de 2006 a la fecha.
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