Retos para el desarrollo de la competencia lectora: Una perspectiva histórica

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Retos para el desarrollo de la competencia lectora: Una perspectiva histórica

Por Adriana de Teresa Ochoa*

(Fragmento)

La insistencia en que hay que leer 20 minutos todos los días, supone que la lectura es una actividad cuantificable y mecánica —análoga al ejercicio físico—, que basta practicarla con regularidad y  resignación, para alcanzar un estado saludable, sin importar el tipo de texto, los propósitos de la lectura, ni el contexto en el que se lea. Así, el valor de la lectura se promueve, la mayoría de las veces, mediante eslóganes vacíos como “Leer es importante” o “Leer es un deporte”, que no dicen nada sobre esta actividad que, junto con la escritura, resulta central en la sociedad contemporánea. Dichos eslóganes, sumados a otro tipo de acciones, contribuyen a imponer la idea de que la lectura es una obligación, una medicina amarga o una especie de penitencia que hay que cumplir para obtener, mágicamente, algunos de los beneficios que aporta, aunque no se sepa con exactitud cuáles son ni cómo se generan. Y lo que se provoca, la mayoría de las veces, es un sentimiento de culpa, de vergüenza o de simple rechazo frente a los libros.

La lectura, así como las modalidades en que se realiza, está condicionada cultural e históricamente, y es sometida a un proceso de cambio continuo en el que inciden factores tan diversos como el soporte o materialidad del texto; el rollo de pergamino, el códice o el libro moderno, la pantalla de la computadora o el libro electrónico, imponen al lector formas de leer particulares, así como posibilidades y límites de interacción específicas. Por otra parte, las transformaciones técnicas de reproducción de lo escrito –manuscritas, impresas o digitales–, reducen o incrementan los alcances y velocidad de circulación del texto; y, finalmente, las prácticas culturales, que  incluyen modalidades de lectura en voz alta o en silencio, en grupo o individual, entre otras posibilidades,  modifican la concepción misma de la actividad  lectora y sus funciones sociales. (Chartier, 2010)

La insistencia en el valor y la necesidad de la lectura es un fenómeno moderno, que contrasta vivamente con otras culturas y contextos históricos.

Hoy en día leer en silencio nos parece el modo “natural” de lectura, las huellas de su aparición nos permiten tomar conciencia de que en el pasado fue, más bien, una práctica excepcional, incluso impresionante, tal como lo muestra el testimonio de San Agustín en sus Confesiones, donde consigna su sorpresa al descubrir que cuando el obispo Ambrosio leía, “…sus ojos corrían por encima de las páginas, cuyo sentido era percibido por su espíritu; pero su voz y su lengua descansaban.” (San Agustín, 2002)

Desde el asombro de San Agustín en el siglo V, la lectura en silencio siguió un lento e irregular proceso de propagación a lo largo de la Edad Media y el Renacimiento hasta mediados del siglo XVIII.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII se produjo un fenómeno inédito hasta ese momento: el consumo voraz de textos, particularmente de novelas, lo que generó una gran preocupación entre filósofos y médicos, quienes consideraron peligrosa la propagación de esta epidemia o “fiebre lectora”, como la llamaron.

La lectura de novelas [románticas] se consideraba peligrosa para las mujeres, pues podían despertar falsas expectativas con respecto al matrimonio y acarrear una sensación de disconformidad con la realidad de su propia vida comparada con el mundo de fantasía de un libro. Así, la peligrosidad de la lectura de ficción radicaba en sus posibles efectos: escapismo, alimentar fantasías de todo tipo, sugerir ideas sediciosas, entre otras posibilidades. (Littau: 45-46)

Pero la lectura no sólo se concebía como amenazante para la mente y la participación social del lector sino también para su cuerpo, tal como indicó Johan Georg Heinzmann en 1795, citado por Robert Darnton, quien atribuye la lectura las siguientes dolencias: “[…] predisposición a resfriados, debilitamiento de la vista, accesos de calor, gota, artritis, hemorroides, asma, apoplejía, enfermedades pulmonares, indigestión, obstrucción del intestino, alteraciones nerviosas, migrañas, epilepsia, hipocondría y melancolía.” (Darnton, 1990: 171-172)

Hoy día,  los jóvenes —y no tan jóvenes— leen y escriben mucho más que en otras épocas: mensajes de texto por celular, correo electrónico o tweeter, además de participar cotidianamente en todo tipo de redes sociales, aunque no sean éstas, precisamente, las prácticas sociales del lenguaje que el sistema escolar busca modelar y consolidar en los alumnos.

Habría que preguntarse: ¿qué significa ser usuario de la cultura escrita contemporánea, en la que la tecnología ha revolucionado la comunicación, si bien coexiste con muchas de las prácticas convencionales de lectura?

¿Y cómo desarrollar en la escuela, de manera efectiva, la capacidad de los estudiantes para leer distintos tipos de textos, en circunstancias diversas y con propósitos específicos?

Precisamente estas preguntas nos plantean la necesidad de buscar estrategias que tomen en cuenta las condiciones y exigencias actuales de comunicación, en busca de vías más productivas para que los jóvenes desarrollen su capacidad para comprender y  emplear textos escritos con el fin participar en la sociedad.

La comprensión de un texto se produce en una interacción compleja entre texto y lector, determinada por factores tan diversos como el contexto o situación comunicativa en que se produce la lectura, los propósitos con que se realiza, el tipo textual y sus reglas del juego particulares, entre otros.

https://www.yumpu.com/es/document/view/10947325/infopisa3

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Acerca de humbertocueva

Humberto Cueva García se tituló en la Escuela Normal “Miguel F. Martínez” de Monterrey, NL. Profesor de escuelas primarias y secundarias, tiene grado de maestría en Español por la Escuela de Graduados de la Normal Superior , en la cual ha impartido cursos de didáctica y literatura contemporánea. Asesor técnico-pedagógico de la aplicación y seguimiento del Programa de Español en escuelas secundarias de Nuevo León . Desde 1992 es autor de libros de texto de Español para primaria y secundaria editados por la Editorial Trillas. Conductor de talleres de actualización docente a nivel nacional y regional invitado por la SEP de 2006 a la fecha.
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